domingo, 29 de marzo de 2020

El álbum de figuritas

Teníamos más o menos diez años. Era la época en la que nos juntábamos a la tarde, después del colegio a jugar al fútbol en todas sus formas, desafío, cabeza a cabeza, flan flan, pateo y mareo. También jugábamos con los muñequitos que se usan para la torta en una especie de metegol; alguno tenía el metegol ese en el que los jugadores estaban fijos y tenían un resorte que permitía el disparo del balón y el arquero volaba de palo a palo manejado con una manija que estaba atrás. Había otro que era malísimo, se presionaba una tecla y el jugador, parado sobre una base redonda se movía en semicírculo para patear.
Así pasábamos nuestros días, llenos de fútbol. Jugábamos mucho a las figuritas también; recuerdo esas que eran de chapa, les decíamos “las chapitas”, en las que estaban las figuras de los jugadores. También venía en el paquete, una calcomanía muy linda con los escudos de los clubes. Jugábamos mucho a las figuritas y eso nos hacía conocer a todos los jugadores de todos los equipos de primera. Cuando llenabas el álbum recibías un premio. Nunca habíamos conocido a nadie que hubiera ganado el premio.
Un día salió un nuevo álbum de figuritas muy particular; tenía jugadores de fútbol, boxeadores y automovilistas.
En todos los casos había una figurita que era la más difícil. Este no era la excepción y más aún, eran tres las más difíciles. Un futbolista, un boxeador y un automovilista.
Como estábamos jugando al fútbol todo el día sobre la ancha vereda de Av. Del Trabajo, hoy devenida Av. Eva Perón, en Mataderos, necesitábamos pelota. Usábamos la pulpo grande de goma, las pelotas de Plastibol, que no eran aptas para ese tipo de partidos y nunca una pelota de cuero. Lo ideal era tener una pulpo grande recién pinchada para que no picara tanto y terminara en la calle.
Lo cierto es que con Alejandro y Albertito decidimos unir nuestras fuerzas y juntar las figuritas para intentar llenar el álbum.
Fuimos a lo de doña Cata, sobre la calle Albariño, una italiana toda vestida de negro que tenía mercería, y kiosko y compramos el álbum y las primeras figuritas. 
Casi sin darnos cuentas comenzamos a llenar el álbum y nos faltaban cada vez menos.
En un momento nos llegaron a faltar las tres más difíciles. De los jugadores de fútbol la más difícil era la de Ricardo Maletti, un marcador central de San Lorenzo; de los boxeadores, Carlos Monzón y de los automovilistas Héctor Gradassi.
Un día Alejandro nos dice, conseguí a Gradassi y a los pocos días viene Albertito y nos dice, ¡compré a Monzón! Cualquier transacción era válida, el premio era la pelota de cuero. ¡En esa época comprar una pelota de cuero era parecido a comprar hoy una playstation!
Faltaba Maletti.
Una tarde, muy temprano, sería la hora de la siesta y no se porqué yo no estaba durmiendo, ya que mi mamá me hacía dormir la siesta aunque no quisiera, pasé caminando por la casa de Juanchi. Juanchi era un chico menor que nosotros, tendría siete años, que vivía por Corvalán en una casa con un jardín al frente y un tapial bajo con la puerta de hierro. 
Juanchi era hincha de San Lorenzo y estaba en ese momento en la puerta. Me detuve, lo saludé y vi que tenía en sus manos un pilón grande de figuritas. Le pedí que me las mostrara y al ir pasando de una en una, ¡¡¡¡lo vi a Maletti!!!! Si bien por dentro sentí una estallido de ansiedad que de algún modo quizás lo exterioricé, traté por todos los medios de que la situación pareciera normal. Sin embargo no podía dejar de pensar que ahí, en las manos de Juanchi, estaba la pelota de cuero. Dejé que pasara algunas figuritas mas y le pedí que retrocediera. Llegó a Maletti y le dije a Juanchi que le cambiaba esa. Me dijo que no, le ofrecí dos, me dijo que no, le ofrecí cuatro, me dijo que no, que la mamá no lo dejaba; busqué persuadirlo, le dije que era conveniente, le daba otros jugadores de San Lorenzo de mi pilón, pero no. No quería que se diera cuenta que Maletti era la más difícil, sino nunca me la cambiaría; tampoco quería utilizar mi última oferta porque no hubiera resistido un nuevo no. Sin embargo la tuve que hacer, le dije a Juanchi que le daba todas mis figuritas, una pila de más de cien. Finalmente, al ver semejante cantidad, accedió. Me dio a Maletti. Apenas la tuve en mis manos, salí corriendo y de lejos le agradecí. No le di tiempo ni a arrepentirse.
Fui a ver a mis socios y les mostré la figurita más difícil y la pegamos en el álbum. Más tarde fuimos corriendo a lo de doña Cata a presentar el álbum completo. 
A los quince días aproximadamente, luego de ir reiteradas veces al kiosko a preguntar, ¿llegó la pelota? Recibimos el premio tan deseado, una pelota número cinco de cuero blanca y roja que retiramos con gran alegría.
Decidimos tenerla una semana cada uno, aunque siempre la usábamos cuando jugábamos juntos.
Los días de felicidad que nos esperaban con la pelota los imaginábamos interminables. Ninguno de nosotros, ni Ale, ni Albertito, ni yo pensamos que la alegría fuera a durar tan poco. Un día, más o menos al mes de tener la pelota, nos dispusimos a hacer un partido sobre la vereda de Corvalán, justamente para no exponer a nuestro tesoro a que se vaya a la calle sobre la avenida en la que pasaban las líneas 36, 103, 97 y 141.
Sobre Corvalán no pasaban casi autos y era una calle angosta, allí estaría a salvo de esos riesgos.
Comenzamos a jugar un lindo partido, la pelota se comportaba tal cual lo imaginábamos y nosotros nos sentíamos jugadores de fútbol de verdad, con una pelota de cuero, como los jugadores de primera. Si bien no era la hermosísima Pintier blanca que yo ya usaba como jugador de infantiles de San Lorenzo, en nuestros partidos de entretiempo en el Gasómetro, esta era lo más cercana a ella que podíamos tener.
Cuando en un momento determinado, la pelota se va inocentemente a la calle, la calle que como dije no pasaban casi autos y mucho menos colectivos, la calle tranquila que nos daba la seguridad que buscábamos.
En ese mismo momento, como si no existiera el azar y fuera todo obra de un destino prefijado, dobla de Av. Del Trabajo hacia esta calle tranquila, un colectivo 141, fuera de línea, si fuera de línea, vacío. ¿Con qué razón dobló allí, para qué dobló, quién lo mandó a doblar ahí? Justo en el instante que la pelota se iba a la calle, justo en el momento que el colectivo pasa. Justo en el momento en que el colectivo pasa por arriba de la pelota o que la pelota pasa por abajo del colectivo.
Sin embargo, si bien la pasó por arriba, no la mató, digo, no la reventó, la pasó por arriba con su doble eje trasero y quedó atrapada entre las dos ruedas. A nuestro primer suspiro de tranquilidad le siguió el grito desesperado, paraaaa, al colectivero y al ver que no se detenía, como yo era el más rápido, emprendí una frenética carrera por la vereda para que el colectivero me viera y se detuviera.
Lamentablemente mi carrera no fue lo suficientemente rápida para sobrepasar al colectivo y pude ver como la pelota se nos esfumaba entre las ruedas del mismo y me miraba de lejos quizás, con un llanto de desesperación.
Dios o el azar, como dice Borges, nos había llevado la pelota. En ese momento lo vivimos como una gran pérdida. ¿Porqué el universo nos había dado ese preciado objeto y nos lo había quitado en tan poco tiempo?
Con los años comprendí que el tiempo que compartimos con nuestras cosas y con nuestros afectos no es lo más relevante. Los años que compartí con mi padre fueron los suficientes para que hoy, aunque no esté, lo siga amando profundamente y siga presente en mi. Esa pelota, esa historia, perduran en mi, son míos definitivamente y nadie me las podrá quitar. 



Bienvenidos al tren


Inexplicablemente me encontraba subido a un elegante antiguo vagón de un tren. 
Las paredes estaban revestidas en madera, el techo forrado en cuero negro. Las luz era suficiente y provenía de unas hermosas lámparas. El vagón no tenía ventanas. Pude ver solamente un asiento; era de madera muy bien barnizado.
En el vagón iban unos cuantos pasajeros, todos hombres. Iban callados y de pie. El ambiente que se descubría era de tristeza.
Conmigo subió uno de mis hijos que, con su alegría y vitalidad contrastó inmediatamente con el ambiente circundante. Este hecho provocó mi especial atención. Algo en mi interior disparó un alerta; un íntimo temor ante alguna percepción que no comprendía.
Ante tal circunstancia comencé a pensar cuál era el destino del tren, quiénes eran los pasajeros, por qué razón estaban tristes, iban todos al mismo destino? Qué hacíamos mi hijo y yo en el tren?
Debía tomar una decisión rápida ya que en el tren nadie hablaba, el silencio era unánime y no se por qué razón yo no hacía las preguntas a los pasajeros.
Me atormentaba pensar que algo malo pudiera ocurrir ya que conmigo estaba mi hijo.
De repente, sin darme cuenta si el tren había estado en movimiento o detenido, se abrieron las puertas del mismo y vislumbré una estación. En el andén se notaba una atmósfera diferente. La gente hablaba, se escuchaban ruidos,  había alegría, incluso la luz del día hacía que los colores que observaba desde adentro del tren, fueran más vivos, más intensos. Sin embargo, adentro del tren, todo era tristeza, ningún pasajero descendía y todo era monotonía.
En un arrebato lo empujé a mi hijo y lo hice descender del tren. Inmediatamente se cerraron las puertas y todo volvió a ser lo que era antes. Ya no veía la alegría del exterior. Todos los pasajeros seguían cabizbajos, callados y con tristeza en sus rostros.
Mientras tanto mi mente seguía trayendo infinidad de imágenes y haciendo infinidad de elucubraciones. El temor me volvió a invadir luego de la calma pasajera ante el descenso de mi hijo. No sabía qué hacía en el tren.
Una situación más que extraña terminó por preocuparme definitivamente. Sobre la única butaca  del vagón – en la que inexplicablemente no había nadie sentado- observé un sobre carta de color negro junto a una rosa roja. El sobre tenía mi nombre completo en letra cursiva de color gris.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo  y me paralizó por unos breves instantes. Una vez repuesto del shock, tomé el sobre, lo abrí y entendí que era una tarjeta de participación de una casa mortuoria anunciando un fallecimiento.
Miré a mi alrededor pero no observé a los demás pasajeros con un sobre similar al mío; por lo menos no lo tenían en la mano, aunque desconocía si lo habían recibido o no.
El vagón, ahora recuerdo, no tenía comunicación con los demás vagones, quiero decir, estaba aislado de los demás vagones así como del exterior, como ya expliqué, por la falta de ventanas.
Tomé el sobre y me apoyé sobre el frente del vagón al lado de la puerta. Miraba el sobre negro, la rosa roja, los pasajeros y, de repente, se abrió nuevamente la puerta.
Estábamos en otra estación, las mismas imágenes afuera, las mismas imágenes adentro. Yo, no participaba de ninguna de las dos, estaba desesperado decidiendo, qué hago, sigo en el tren o me bajo; será mejor seguir o será mejor bajar?
Por suerte o por desgracia, no tuve que tomar esa decisión, me desperté.
Creo que cuando llegue el momento oportuno ya sabré si seguir en el tren o bajarme definitivamente.

martes, 17 de septiembre de 2013

Sultán del ritmo


Mi amigo Emilio abrió la puerta de la vieja casa y me hizo pasar. Me había invitado a visitar la biblioteca de su abuelo ya que se había decidido a remodelar la casa para luego venderla y quería dar un destino a los libros que había en ella.
Mi amigo no es muy lector y no le da la relevancia que yo le doy a los libros. Entrar al escritorio en penumbras y ver allí tantos libros antiguos, me provocó una gran excitación.
Recorrí los anaqueles rápidamente con mi vista y Emilio me dijo “elegí los que quieras”. Al principio me dio un poco de vergüenza porque no quería mostrar la voracidad que tenía de llevarme, si era posible, todos los libros. Creo que si le decía dámelos todos, me los daba. Sin embargo, no me pareció que esa debía ser mi actitud.
Escogí unos pocos libros de autores clásicos, primeras ediciones muy bien encuadernadas que me despertaron una gran satisfacción.
Sin embargo, mi mesura en la apropiación de los volúmenes me tenía deparada una sorpresa.
En uno de los anaqueles superiores, extrañamente, y digo extrañamente porque esos libros no están nunca en los lugares inalcanzables de la biblioteca, vi un ejemplar de “Las mil y una noches”, en tres tomos, primera edición de editorial Aguilar. Una edición con bellas ilustraciones y la traducción del árabe de Rafael Cansinos Assens, la mejor traducción según Borges. Es un libro de gran valor en todo sentido y me sentí sumamente excitado al tenerlo entre mis manos. Pese a la acción bondadosa de mi amigo, tuve una respuesta quizás egoísta, ya que tomé los tres tomos entre mis manos y casi sin darle mucha importancia los bajé de la biblioteca y los incorporé al lote que ya había elegido. Oculté el valor que tiene el libro.
Emilio se retiró de la sala para realizar otros menesteres y  aproveché a sentarme en un antiguo sillón inglés para abrir al azar uno de los tomos del libro y detenerme a descubrir alguna historia.
Noche cuatrocientos cuarenta y cinco; Sherezad continuó con su relato, que es infinito y contó la historia de un Sultán de una región muy lejana  a Bagdad.
Una noche, Santoro, así se llamaba el sultán, organizó una fiesta para agasajar a sus amigos y recordar sus años pasados. Fue una fiesta de gran concurrencia donde todos se sintieron muy bien atendidos y en la que se brindaba permanentemente por la amistad y el reencuentro.
Bien entrada la noche, luego de mucha danza y diversión, algunos invitados comenzaron a abandonar el lugar, extenuados.
La esposa del sultán, la reina Gulnara, de gran cabellera rubia, se retiró de su presencia con un beso.
Sin embargo, Santoro permaneció junto a dos doncellas, danzando y divirtiéndose.
Cerca de él estaba el príncipe de una nación cercana al Bósforo, con su reina. Ella miraba al sultán con indisimulable deseo. Repentinamente sintió envidia por esas mujeres que lo rodeaban y danzaban junto a él. Que lo besaban en sus mejillas. Se sentía atraída. Quería descubrir el misterio que se le presentaba a su vista; un hombre que atraía a tantas mujeres. Quería descubrir lo que para ella era un secreto.  Quizás no era por el sultán sino por la situación que imaginaba, o quizás si. Las mujeres suelen ser muy imaginativas y tejer historias que, a veces, se convierten en realidad.
La reina Yelda, así se llamaba, imaginaba una historia que el sultán ignoraba. La reina se preguntaba cómo era posible que tuviera tantas mujeres. Que jugara tan al límite entre la reina y las doncellas. Si bien la poligamia estaba aceptada en el oriente, el sultán tenía una sola esposa. Quizás allí radicaba la intriga de Yelda.
La reina se preguntaba cómo era entonces que él se mostrara tan suelto y amable con esas mujeres ante el público.
Mientras tanto, el sultán ignoraba que era actor de otra historia que no fuera la que él estaba viviendo. Solo bailaba y reía; solamente se percató que estaba envuelto en una historia diferente a la que el creía, cuando la reina Yelda, comenzó a cruzarle miradas insinuantes y sonrisas cómplices.
Vivimos tantas historias como observadores hay de nuestras acciones. Mientras nosotros creemos estar viviendo una situación, para otro la historia es diferente. De tal modo que habiendo en la escena cuatro personajes, el sultán, la reina Yelda y las dos doncellas, cada uno estaba viviendo y sintiendo una historia diferente.
A veces, tenemos la suerte o la desgracia que esas historias se crucen; que lo hagan sólo dos de ellas o más. Una vez que llevamos a cabo cada uno de nuestros actos, los mismos son irreparables. El destino es irreparable. Sin embargo tenemos la posibilidad de elegir nuestras acciones entre un número infinito. Así, el destino es el que nosotros elegimos. La irreparabilidad del destino se produce una vez que elegimos.
Yelda, tomó la iniciativa y se acercó al sultán. La reina había elegido una historia. Todos elegimos una historia. No existe una historia verdadera, simplemente es la historia que nos contamos. Las historias que elegimos nos definen; somos esas historias.
Ya directa y decidida eligió la complicidad. Como en un antiguo juego de naipes, la reina pretendió descubrir las cartas.  Ante la mirada impávida e incrédula del sultán le habló en turco; le dijo "bu, düzenli", algo así como que es preciso mantener cierto orden en nuestras acciones. El sultán se sorprendió. Sintió en su interior que el espíritu estaba intacto. La declaración de esa reina le había creado un nuevo mundo. Las palabras no solo describen el mundo, también lo crean. Abren nuevas ventanas que podemos elegir o dejar pasar. Así, cuando nos dicen "te amo", el mundo nos cambió, nacen nuevas posibilidades. Nuestro mundo ya no es el mismo.
Santoro rápidamente comprendió que esa historia era diferente a la que él creía vivir. Sin embargo, celebraba excitado la interpretación de la reina.
Luego de la fiesta, el sultán tenía dos nuevas historias, había entrado en ellas. No sólo en la de la reina sino en la historia de las doncellas. Si bien, las posibilidades que se nos abren a futuro, son infinitas, sólo somos concientes de una pocas. Santoro celebró que de esas pocas que era consciente, dos por lo menos, lo excitaban.
Lo asaltaron las dudas y el recuerdo del árbol del bien y del mal.
El sultán, como Adán, estaba decidido a probar el fruto del árbol prohibido.
El libro del Génesis, de este modo señala la adquisición del juicio por parte del ser humano, fruto que no tiene relación con lo sexual sino con la adquisición de la facultad del hombre para emitir juicios, como Dios. El sultán se debatía en el juicio, entre lo que está bien y lo que está mal.
Es la eterna lucha entre las emociones y la razón. Entre nuestros dos cerebros.
Si existen tantas historias como seres humanos, hay cosas que para algunos están bien y para otros están mal. “Homo mensura”, el hombre es la medida de todas las cosas, decía Protágoras. Siendo así, a qué se le puede llamar el bien o el mal?
Quién dice, esto está bien y esto mal? Con qué autoridad?
El bien o el mal está en el juicio, no en la acción.
Ciertamente los seres humanos convenimos o coincidimos en el juicio que hay cosas que no se hacen, aunque cada vez son menos esas cosas.
 Algunos concluyen que el mal es aquello que perjudica, que lesiona, que lastima a otros.
Santoro, el sultán, no pudo dormir esa noche.
Mientras miraba al cielo, se imaginaba cometiendo sus deseos.
Ninguno que no pueda ser perdonado.

martes, 2 de abril de 2013

Una mirada diferente


El encuentro fue en una esquina casual.
Hacía ya varios años que se venían clavando la mirada y el azar o el destino evitaban el encuentro.
Una  secreta inteligencia que, indudablemente conocía el futuro, se negaba a que se produjera el momento fatal.
Sin embargo, había algo en los dos que se resistía. Ambos deseaban que se provocara ese momento que sería definitivo.
Hacía mucho tiempo que los compadritos habían abandonado las esquinas. Que éstas no eran el escenario de un duelo. Por eso sorprendía que esas dos almas se empeñaran en un enfrentamiento que seria el primero y el último.
El barrio era tranquilo y para esa época, principios de diciembre, se poblaba de jóvenes que disfrutaban del final de las clases. Las niñas y los niños se reunían para coquetearse mutuamente. Hasta altas horas de la noche. Eran tiempos de inocencia; las puertas de las casas se mantenian sin llave y la única supervisión y medida de seguridad era el alumbrado público y los vecinos que sacaban sus sillas y sillones a la vereda a tomar un poco aire fresco.
Lo que sucedió sólo lo puede referir una testigo de los hechos de la que hoy se desconoce su paradero. Alguna versión indicaba que se había ido a vivir al sur. Realmente no lo se.
Incluso la historia pasó desapercibida para los vecinos del barrio. Sólo algunos memoriosos relatan, de vez en cuando, las miradas fulminantes que se cruzaban entre ambos, bastante antes de ese momento definitivo.
Pasaron treinta y cinco años de ese suceso y hoy se volvieron a encontrar. No fue un encuentro convencional, no podía serlo. La trama secreta de la vida había hecho que se crucen  nuevamente. Treinta y cinco años después.
Tuvieron una charla amistosa. No había rencor en sus palabras. Recordaron si, que treinta y cinco años atrás habían coincidido en una esquina y que uno había había efectuado una oferta que el otro rechazó con un "no", intentando una breve excusa. Si bien no fue convincente, el otro entendió que había miedo, no obstante tuvo piedad y esperó una mejor oportunidad. Ambos creían que iba a haber otra oportunidad. Sin embargo esa oportunidad nunca llegó. Quizás fue lo mejor que les ocurrió en su vida. Paradójicamente para ellos fue el "no" más relevante de sus vidas. Fue un momento que quedará en sus memorias como triste y feliz a la vez.
En ese momento fatal, ellos tenían trece años, desde que estaban en jardín de infantes que se miraban con el amor de niños. Al final él se atrevió y la invitó a que fueran novios; ella por miedo le dijo que no.
Hoy, treinta y cinco años después hablaron del tema. Rieron y descubrieron que otro no podría haber sido el acontecer. Que esa secreta inteligencia que rige los destinos les tenía reservado una inmensa felicidad. Que les había hecho conocer otros seres con quienes habían repetido ese cortejo inicial y con quienes habían dado eternidad a sus almas a través de una hermosa descendencia. 
Ambos rieron por última vez y comprendieron que los hechos de la vida, sean que los definamos como buenos o malos nos dan la oportunidad de abrir los caminos hacia la felicidad.

jueves, 13 de diciembre de 2012

                                   ¡QUE JUGADOR JORGITO!

 El día prometía una jornada memorable. Hacía mucho tiempo que se estaba preparando para este momento. Ya de chico se destacó en los equipos infantiles y luego juveniles. Era una talentoso, con una habilidad inigualable. Los que lo admiraban cuando jugaba en el barrio sentenciaban: "Qué jugador Jorgito!!; es un malabarista!; la tiene atada!; si este no llega me mato!! A los 6 años ya pintaba para crack. Jugaba en el potrero con los grandes y la rompía. En el club era el niño mimado y los rivales temían enfrentarlo. Sus padres, de humilde condición, soñaban con que Jorgito algún día los sacara del barrio. Se sacrificaban para llevarlo al club a entrenar, con frío con calor, con lluvia o viento. Nada los detenía. No durmió en toda la noche. En su cabeza resonaban las palabras que su técnico de infantiles le había dicho: “usted m´hijo, va a ser un gran jugador!”. Recuperó todas las imágenes de cuando fue por primera vez al club, de cómo fue la prueba. Recordaba su primer gol con su amada camiseta. De cuando su abuelo lo iba a ver jugar. Fue una noche de vigilia que acabó con un llanto de emoción. Se despertó muy temprano y desayunó liviano. Hoy era un día muy especial. Era su debut. Estaba nervioso. Sabía que se hallaba ante un gran desafío. Tenía que enfrentar por primera vez a una multitud. Tenía que demostrar lo que sabía hacer si quería ganar dinero. Su padre ya no estaba y su recuerdo lo volvió a emocionar. Pensó que, de todas maneras, él estaría orgulloso de su hijo. Llegó en horario. Ya había mucha gente por la zona. Se cambió con mucha parsimonia. Se acomodó las medias, el pantalón y la camiseta. Se ató bien los botines, no se puso las canilleras, para qué? se dijo en voz baja, entró un poco en calor y apuró el paso para salir al ruedo. Tenía la pelota en sus manos. La acariciaba como si fuera su novia. Le sentía el olor al cuero. La besó cerrando los ojos con fuerza como trasladándole todo el amor acumulado en su vida. Como se dice en el ambiente, salió a ganarse el mango. Apenas tomó por primera vez el balón, se notó su calidad. La pisó con la izquierda, la llevó para la derecha, un amague para un lado y otro para el otro lado y ya generó las primeras sonrisas de aprobación y los primeros comentarios ¿Y éste de dónde salió?. Después, encarando a los que se le venían de frente, que se detuvieron delante de él, comenzó una frenética danza de jueguitos que incluyeron la cabeza, el taco y el pecho por más de diez segundos. Nadie se atrevió a cortarlo, como en un acto de profunda admiración. La satisfacción de los espectadores fue unánime. No hubo aplausos. No podía haberlos. Jorgito no tuvo tiempo ni de cobrar su primer ingreso. Inmediatamente después de toda esa demostración de talento, el semáforo de la 9 de Julio y Bartolomé Mitre se puso en verde y los autos arrancaron a toda velocidad. Uno de ellos casi le arranca el pie. No importaba, Jorgito lo esquivó y le dijo oooleeee!!!! Jorgito lleva el futbol en la sangre y el jugador de fútbol juega en cualquier parte.

martes, 18 de septiembre de 2012

La esfera de cristal

Poco tiempo antes de morir, mi padre me llamó y con cierta solemnidad me dijo que tenía algo muy importante para darme. Introdujo su mano en la bata que vestía y sacó una hermosa esfera de cristal, transparente, un poco más grande que una pelota de tenis. Me explicó que todas la esferas tenían algo de mágico pero que ésta, específicamente, tenía la cualidad que en su interior, vería reflejado todo nuestro universo. Que mi abuelo se la había dado a él y que a éste, a su vez, se la había entregado su padre, un italiano del sur. Mi padre me comentó que la esfera, al reflejar todo nuestro universo, nos mostraba todo nuestro pasado y todo nuestro futuro. Al ver reflejado en la esfera todo nuestro pasado, inmutable, podría comprender el presente, tanto el suyo como el mío. Respecto del futuro,me dijo, la esfera es más misteriosa, no refleja el futuro, tu futuro, sino infinitos futuros que están a tu alcance y que podés elegir. La sola idea de poder ver muchos futuros disponibles y elegir el que más deseara me subyugaba sobremanera. Incluso me generaba algo de desazón el hecho de pensar que, entre los futuros que podría tener, solo sería capaz de elegir de entre unos pocos, ya que me sería imposible ver los infinitos futuros. Todos tus sueños están contenidos en la esfera y todos pueden hacerse realidad. Las pesadillas también son sueños y nuestros fracasos son, quizás, sueños hechos realidad, me dijo. Por ultimo me advirtió; mirala todos los días, profundamente, ella te enseñará el camino, solo una vez, pero será suficiente. Quizás por un resabio del pensamiento mágico de nuestros lejanos antepasados, tendí a buscar poderes ocultos, códigos secretos, propiedades extraordinarias en la esfera que tenía en mis manos. Día a día durante largos años la observaba, miraba su interior, la recorría con los dedos y solo veía en ella el reflejo de mi rostro. Quería comprender el motivo por el cual mi padre me había entregado esa esfera. El no era religioso y me había entregado un objeto que representaba una idea cristiana, como una cruz o una estampita, las cuales actúan de mediadoras entre nosotros y un poder exterior, superior y ajeno. Un día, observando una vez más la esfera, noté que ésta reflejaba mi rostro de manera diferente. Todo mi rostro abarcaba la circunsferencia de la esfera y se ampliaba mostrando mi imagen hasta el más mínimo detalle. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al darme cuenta que no era la esfera que había cambiado mi imagen, sino que era yo quien observaba a la esfera de una forma diferente. La esfera no cambió, cambié yo. Al ver mi rostro comprendí el mensaje de mi padre. El nunca pretendió que la esfera tuviera poderes mágicos, sino que descubriera mi rostro reflejado en ella y pudiera saber que la cuestión es mucho más simple que lo que me imaginaba; que las respuestas están dentro mío, todos mis futuros posibles ya son parte mía. La magia, el milagro, el poder, están dentro nuestro, no hay que buscarlos afuera porque no existe un afuera. Somos todos parte de un mismo Ser y compartimos su esencia. Que no hace falta ver los infinitos futuros sino que solo basta elegir el que queremos para nosotros, desearlo profundamente con cada célula de nuestro cuerpo, se cumplirá. Quizás ése sea el desafío más relevante que tenga por delante: sentir que el futuro que elegí llegará inexorablemente. Erróneamente creemos que nuestra historia pasada nos dice qué futuros son posibles para nosotros. No existe tal determinismo. No importa lo que haya ocurrido antes, el futuro que elegí se va a cumplir de todas formas. Comprendí entonces que somos libres de elegir nuestro futuro, aunque muchas veces no nos damos cuenta de ello. Mi padre quizás no se dio cuenta de muchas cosas. Lo que estoy seguro, es que el futuro que soñó de joven de formar una amada familia, se le cumplió al pie de la letra.

Estambul

Era las once de la noche. Me encontraba en la plaza principal de Xanthi, una antigua ciudad de la región de Tracia, en Grecia. Me acerqué a un taxista de unos 60 años y en un muy rudimentario griego le comenté que al otro día, a la mañana, debía ir a Estambul, distante unos 400 km. de allí y le pregunté si era posible viajar en taxi. Me hizo señas que esperara y por su radio se comunicó con otro taxista al que le comentó que yo quería ir a Konstantinopoli; la nombró como era su nombre hace más de quinientos años, Constantinopla (antes Bizancio) y hoy Estambul, era la capital del Imperio Romano de Oriente. Se dice que el nombre Istanbul deriva del griego " ist in polis" (están en la ciudad) refiriéndose a los turcos que la invadieron y la tomaron en el año 1453. El taxista asintió con la cabeza y me dijo que a las cuatro de la mañana me pasarían a buscar; el viaje me costó cincuenta euros y tuve de compañeros a una madre con su joven hijo. Trasladándonos por una moderna autopista de oeste a este, todavía se observan los vestigios de la penetración turca, a través de las mezquitas que, a medida que uno se acerca al límite entre los dos países, se hacen más frecuentes. La invasión turca alcanzó toda esa zona de Grecia; incluso el héroe máximo de Turquía, Mustafa Kemal "Ataturk" nació en Tesalónica. Llegamos a Estambul cerca del mediodía y me hospedé en el hotel Polat, en la zona de Florya, sobre el mar de Mármara. Rápidamente dejé mis pertenencias y salí a sumergirme en la cultura de esa ciudad fantástica, aunque no era la primera vez que la visitaba. Siempre me provocó placer el hecho de salir a lo desconocido, de caminar por todos esos lugares que me resultan a la vez extraños y familiares. En el fondo las diferencias entre los seres humanos no me parecen tan profundas. Visité Agia Sofia, una gran iglesia cristiana gnóstica del año 300 aproximadamente, luego convertida en mezquita y ahora museo. Me impresionó su grandeza y el hecho que no estaba dedicada a una "santa" (agia, en griego) Sofía, sino a la "santa" sabiduría (de sofos, que en griego significa sabiduría). Su nombre completo es Iglesia de la Santa Sabiduría de Dios. Al observar su inmensidad, su altura, su larga escalera para subir a los pisos superiores, su silencio, no pude mas que detenerme y comenzar a reflexionar acerca del mensaje que interpreto emana de todo ese ambiente. Es el mensaje de la eternidad. Eternidad no como inmutabilidad, sino como permanente cambio, pero un cambio que no reconoce límites de tiempo. Un cambio que no está supeditado a un tiempo. Lamentablemente a mi entender, la interpretación humana del cambio está determinada por la necesidad de llevarlo a cabo dentro de un tiempo finito, que es el tiempo de nuestra existencia. Y dentro de ese tiempo, de otros tiempos que nos marcan las diferentes edades. Nos imponemos determinados objetivos dentro de un tiempo, pasado el mismo el objetivo es considerado imposible, improbable o inconveniente. Siempre me resultó difícil esperar. Consideré a la espera como una pérdida de tiempo. Quizás por haber creído que el tiempo se va descontando. Ello a su vez me generó la ansiedad de lograr los objetivos en un plazo determinado y si no es así, es un fracaso. Un concepto arraigado al principio de muchos deportes, del juego. Intentar ganar dentro de un tiempo prefijado, o salir derrotado. Mientras caminaba y reflexionaba sobre estas cuestiones, observaba unas obras de arte descubiertas bajo las capas de pintura de las paredes pintadas por los turcos. Son trabajos en mosaicos, con pinturas en oro, de santos cristianos, príncipes y familias relevantes de la antigua Constantinopla. Pensé que ellos eran más conscientes que yo de la necesidad de la espera. Que los logros que ellos buscaban podían incluso transcender sus vidas. La expectativa de la época era de pocos años de vida comparada con la nuestra y los objetivos, como el construir una iglesia, realizar una obra de arte, etc. consumían mucho más tiempo que en la actualidad. Sin embargo, no parecían estar apremiados por el tiempo. Me los imaginé dispuestos a aceptar la espera. Hacía un tiempo estaba abocado a descubrir estas inquietudes ya que mis lecturas habían comenzado a dirigirse hacia textos en los que, casualmente? la cuestión de la espera era el punto central. Ya había descubierto a Heráclito y a los estoicos, quienes me mostraron el camino de la paciencia. Cultivar la paciencia como aceptación de que nuestro tiempo interno o kairos para los griegos, a veces no se corresponde con el tiempo externo de realización de nuestros objetivos y que, sin embargo, si logramos la congruencia mente-cuerpo, los mismos se facilitan pues estando en armonía con el universo, los caminos se nos abren a nuestro paso. Forzar una situación no hace mas que generar resistencia en las fuerzas del universo, con el perjuicio que toda lucha produce. No existe lucha en la que uno de los contendientes salga inmune. Me fui de Agia Sofía con el profundo convencimiento que algo en mi había cambiado. Cuando llegué al hotel, encendí el iPad, abrí la Biblia y al azar elegí una página; siempre me gustó hacer eso, tomar un libro al azar de la biblioteca y abrirlo tambien al azar.: página 822, salmo 42, versículo 12. "Porqué te deprimes alma mía?, Porqué te inquietas? Espera en Dios. y yo volveré a darle gracias a Él Que es mi salvador y mi Dios." Mirando por la ventana la inmensidad del mar de Mármara comprendí que los antiguos habitantes de la Tierra ya tenían conciencia del poder del ahora; que pretender acercar más rápido nuestro futuro genera una reacción del cuerpo que nos perjudica, nos deteriora y nos demuestra que no está en armonía con el universo. Ello no significa que nos quedemos inmóviles, al contrario, significa que si llevamos a cabo todas las acciones destinadas a satisfacer nuestros deseos, ellos se cumplirán, mas a su debido tiempo. No somos nosotros los que decidimos cuándo, si no qué y cómo. Me acosté a descansar unos momentos y todos mis deseos se hicieron presentes en un sueño. Están viniendo, llegan sin avisar. Incluso vendrán algunos que ni siquiera creí posibles. Solo me queda esperar.

martes, 29 de noviembre de 2011

Los libros y la noche



Para mi la noche es el momento mas propicio para elaborar nuevas ideas, para elucubrar sobre los misterios de la vida, del universo; es el momento en el que me encuentro a mi mismo. Alejado de la actividad del día, me recluyo en mi vasta biblioteca a descubrir nuevos destinos a los que me lleve la mente.
Los libros y la noche. En su " Poema de los dones", Borges comienza diciendo " nadie rebaje a lagrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnifica ironía me dio a la vez los libros y la noche". Obviamente el se refiere a la noche como a su ceguera. Yo me refiero a la noche, a ese momento del dia en que el sol se ha ocultado, porque la noche representa para mi el desconocimiento, el misterio, todo lo que se nos esconde, nuestros propios miedos, nuestros propios caminos desconocidos.
Los libros por su parte, son el conocimiento, el descubrimiento de nuevos horizontes, son el cambio, la luz que nos alumbra.
En mi permanente búsqueda de nuevos entendimientos, estaba una noche abocado a seguir una línea conceptual que ocupaba mis pensamientos gran parte del día. Estaba leyendo el Antiguo Testamento y quise comprender cual era el significado que tenia para mi el éxodo del pueblo judío hacia la tierra prometida. Cual era mi interpretación de ese hecho trascendental para la vida de aquel pueblo. Con cada reclamo del pueblo, Dios les enviaba ayuda y luego los castigaba. Quise entender la razón de Dios.
Pase largas horas leyendo y releyendo los pasajes de las escrituras. Descubrí ideas enlazadas con esa idea primigenia que investigaba, tanto en el profeta Isaías como en Jeremías. Estaba muy cansado. Una somnolencia me invadió repentinamente y no pude mantener los ojos abiertos. Lo que a continuación voy a relatar no se si me ocurrió realmente o fue un sueño. Digo que no lo se porque nuestra mente no puede distinguir entre un suceso recordado y uno creado ya que para ello el cerebro utiliza las mismas células. Por otra parte si profundizamos un poco en el tema, diríamos que todo es una ilusión, una creación de nuestra mente. Que esta sala no existe, que los libros tampoco, así como este relato, como yo o como vos. Que, en definitiva vemos lo que nuestros sentidos nos muestran ( y no debiéramos confiar mucho en ellos). Que todo es un manojo de energía que en diferentes condensaciones forman un solo cuerpo de luz al que algunos llaman Dios y otros naturaleza y otros universo.
Efectivamente, me dormí y en el sueño se me presento un anciano - en estos casos siempre es un anciano-. Sentado a mi lado, con un rostro sereno, su cuerpo inclinado hacia adelante, como yo, su voz suave y sus palabras precisas me pregunto: - Que tema quieres tratar, que es lo que te trae a mi?
A partir de ese momento sentí que ese anciano era mi acompañante, así como Virgilio acompaño a Dante por el sinuoso camino del Infierno al Paraiso en la Divina Comedia. No podía ver su rostro, me resultaba alguien conocido. Por temor o respeto no pretendí averiguar quien era.
Le conteste: he descubierto, leyendo el Exodo en el Antiguo Testamento que cada vez que el pueblo judio dudaba de la palabra de Dios, este lo ayudaba y luego le mostraba su presencia castigandolo.
-Y que te sugiere ese hecho?
- Como entiendo el concepto de Dios interpreto que somos todos en Dios, que Dios esta en nosotros y nosotros somos parte de El y que la duda en El es la duda en nosotros, en nuestras posibilidades.
- Algo mas te sugiere?
- Si, que debe existir una congruencia en nuestra mente cuando hacemos algo con fe y que cuando no tenemos esa fe es debido a que existe una incongruencia entre lo deseado y lo que consideramos posible.
- Bien, comprendo. Me dijo y volvió a preguntar: -Y específicamente que es lo que quieres para ti, que es lo que te permitiría definir esta cuestión?
Comprendí perfectamente hacia adonde iban sus preguntas. Estaba pensando en un tema que en principio me parecía meramente intelectual pero que enmascaraba una inquietud; que en muchas ocasiones me falta esa fe, que tengo una creencia que limita mis deseos.
Primera gran revelación, el anciano me estaba llevando por un camino que mi mente se negaba.
Entonces le conteste: Quisiera tener esa sensación de plenitud, de ímpetu que genera el desear algo y estar convencido que lo voy a lograr.
-Y que te impide lograrlo?
- No le esquivo a la pregunta, pero antes quiero agregar algo que me pareció muy relevante. Hay una insistencia muy marcada en los profetas Isaías y Jeremías principalmente, en contra de la idolatría. Se oponían fervientemente a que los hebreos de aquella época tuvieran como ídolos a imágenes de madera o de bronce hechas por el hombre. Y esta cuestión me sugirió la idea que, a lo que realmente se oponen ambos profetas es al poner la fe afuera de uno mismo, en cualquier objeto. Y lo confirmo en el hecho que Isaías expresa que no existen dioses por "afuera" del Señor con lo que entiendo que todo esta dentro del " Señor", incluso nosotros y que por ello no podemos pensarlo como un ser que esta alli afuera.
- Bien, comprendo, entonces?
- Entonces lo que me impide lograrlo es alguna creencia que tengo en mi interior (podria decirse algun demonio) que me dice... Aquí el sueño se interrumpe y recobro parcialmente la conciencia (habrá sido mi mente que resiste desnudarse).
Sin embargo, al momento estoy dormido nuevamente y con el anciano que me seguía preguntando.
- Y esa creencia que te produce?
- Una limitacion; verdaderamente me limita.
- Me pareció interesante tu interpretación de las escrituras, que mas podes agregar y que relación podes establecer entre esa interpretación y tu creencia?
- Hay dos cuestiones de las cuales tomo conciencia; la primera es que lo dicho acerca de las escrituras es mi interpretación y consecuentemente habrá tantas interpretaciones como seres humanos sobre la tierra. Este concepto lo encuentro en el cabalista Isaac Luria, llevado a poesia magistralmente una vez mas por Borges en un poema dedicado a Manuel Mujica Lainez, diciendo:
" Isaac Luria declara que la eterna Escritura,
Tiene tantos sentidos como lectores. Cada
Versión es verdadera y ha sido prefijada
Por quien es el lector, el libro y la lectura."
Siendo una interpretación puedo expresar que toda idea sobre un acontecer futuro sera una interpretación tambien, esto es, que en realidad existen infinitos futuros, que solo son unos pocos, o uno solo, en tanto y en cuanto lo determinemos a traves de una creencia que nos limite. La segunda cuestión es que para lograr un objetivo en la vida debe haber una congruencia entre lo que deseamos y nuestra posibilidad de lograrlo. Y si decía que hay infinitos futuros, la posibilidad existe. Quiero sentirla en mi cuerpo como un estado de excitacion. La duda es la incongruencia entre deseo y posibilidad, la duda es el pecado de los judíos.
- Y como vas a hacer para alcanzar ese estado de congruencia entre deseo y posibilidad? Me pregunto.
- Teniendo en cuenta dos pautas: la primera, la resciliencia, esto es la capacidad de tomar una situacion actual negativa como un hecho positivo a futuro. La segunda recordando la frase de Heraclito que dijo: " aquel que no espera no encuentra lo inesperado, porque este es difícil de descubrir e imposible de alcanzar". Entonces, cultivar la paciencia y la aceptación de los estoicos.
- Y como te vas a ver y sentir cuando logres tus objetivos?
- Con la misma felicidad que siento de estar conversando con usted. Le conteste.

Ya a punto de despertarme y cuando el anciano parecía que se retiraba de mi biblioteca mirando al cielo, como aquel papa Noel que vi cuando era niño, me atreví a demorarlo solo un instante y le dije: - puedo hacerle yo una pregunta ahora?
- Con todo gusto me dijo.
- Que es ser sabio?
Mientras se retiraba, ya sobre la doble puerta de entrada, giro su cabeza, me miro con dulzura y dijo.
- Todos tenemos nuestras respuestas. Ser sabio hijo, es saber preguntar.

miércoles, 20 de julio de 2011

Empezamos con un cuento: Rue du Simplon

El tren TGV se detuvo por unos minutos en un pequeño pueblo rumbo a la baja Normandía. Hacía unos momentos venía avanzando lentamente con sus motores apagados, como quien se desplaza en puntas de pie para no alterar la calma dominical del lugar.
Dos mundos se encontraban y por un instante intercambiaban sus miradas. El mundo pueblerino; sereno, apacible, quieto y el que representaba el tren, que si bien también transmitía calma - los pocos pasajeros que compartían el vagón conmigo se esforzaban para hablar en voz baja y hasta comer sin hacer ruido- era un mundo en movimiento, fugaz, rápido, que busca nuevos horizontes sin detenerse más que unos pocos minutos para que alguien se suba a su frenesí.
El mirar por la ventanilla me produjo una extraña sensación; siempre me ocurre cuando viajo en tren. Me sitúo en esos lugares que observo, me pregunto cómo sería vivir allí, con esa tranquilidad, incluso con esa seguridad. Los extraño sin haber estado nunca. Mientras mis ojos observan el exterior, también veo mi rostro reflejado en el vidrio y esa doble imagen me sumerge aún más en el interior de mis pensamientos y sentimientos.
Afuera, las casas antiguas con muchas flores y plantas que las adornan. Un pequeño cartel anuncia que estamos detenidos frente a la "Rue du Simplón". Toda un paradoja. Afuera lo simple, lo cotidiano, todo un mundo que genera sensaciones y, entre ese mundo y yo, se refleja mi rostro. En mi rostro reconozco la complejidad del ser humano. La Razón, que nos ayuda tanto y a la vez nos aleja tanto de lo simple y lo cotidiano. La contradicción entre lo deseado y lo vivido. Vivimos a gran velocidad para alcanzar la tranquilidad. El hecho de utilizar nuestra Razón para buscar tranquilidad cuando la tranquilidad está ahí afuera. Solo basta bajarse del tren

miércoles, 16 de junio de 2010

Las más romántica de las despedidas

Las despedidas más románticas suceden en las estaciones de tren.
Hace unos momentos acabo de presenciar una.
Ocurrió en la “Gare de Neuchatel”. El, un joven deportista, ella, una hermosa mujer unos cuantos años mayor.
Me bastaron unos pocos instantes para darme cuenta que ninguno de los dos estaba presente en esa estación. Que ambos estaban ausentes del momento de la despedida.
Ella denotaba en su rostro el sentimiento de haber dado todo y haberlo perdido. Ella estaba en el pasado, en los momentos que ya no se repetirían, estaba añorando lo perdido.
El rostro del joven denotaba una cierta satisfacción. Si bien a primera vista se mostraba afectado, en el fondo se sentía orgulloso; había conquistado el corazón de alguien. Había obtenido lo que quería y ahora, ya estaba en el futuro, en su porvenir, imaginando su nuevo destino y un nuevo corazón para conquistar.
Ninguno de los dos disfrutó del momento de la despedida.
Ella le entregó un sobre para que lea lo que no se atrevió a decirle en ese momento, quizás evitando así decir palabras definitivas; como si no decir lo que se siente hace que no ocurra.
El recibió el sobre, lo miró y no se atrevió a abrirlo. Temía ser invadido por el pasado; el era futuro.
Subí a mi tren que, como es de esperar en Suiza, llegó exactamente a las 13,27 hs. Me senté cómodamente escuchando Pink Floyd y dándome cuenta que yo, el observador, había sido la única persona presente en esa despedida.